El pan en mi vida es algo que está casi impreso en el ADN. Mi
pasión por el pan la re-descubrí hace algunos años, empezó por naturaleza. Sólo
hace falta abrir un poco más los sentidos para darte cuenta: sumergir las manos
a la masa sin miedo, meter el pan al horno, estar pegado a la estufa los
primeros minutos para ver cómo tu obra crece mientras saboreas los olores que
emanan de la simple combinación de agua, harina y sal, preparar la mermelada
para untarla apenas salga el pan del horno, comer tu creación y disfrutar de eso
que cada mañana te despierta y que te pone una sonrisa antes de dormir.
Mi primer pan salió tan duro como piedra, aun así, nadie me
quitó las ganas de untarle mermelada de naranja e intentar darle una mordida
sin lastimarme los dientes.
El pan guarda magia, guarda vida y guarda historia. Es el
invitado principal de estas letras, como lo es de todas las mesas.
Intercambiemos pan.


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