El pan.


En México, ir a comprar pan es una rutina casi natural. Desde chico tengo una imagen de una pieza de pan en mi cabeza. Guardo el olor de cuando mi mamá nos tostaba pan con mantequilla y azúcar en la estufa para luego acompañarlo de un vaso de leche o una taza de café. Guardo los recuerdos de mi papá llegando del trabajo por la noche acompañado de un pay de zarzamoras o una bolsa de pan dulce y de cuando por las noches se armaba una torta de queso o de plátano. Guardo las tardes de ir a la panadería acompañado de mis hermanos para ver qué pan de dulce cenaríamos esa noche: una chilindrina, una concha, pan de leche, un cochito.

El pan en mi vida es algo que está casi impreso en el ADN. Mi pasión por el pan la re-descubrí hace algunos años, empezó por naturaleza. Sólo hace falta abrir un poco más los sentidos para darte cuenta: sumergir las manos a la masa sin miedo, meter el pan al horno, estar pegado a la estufa los primeros minutos para ver cómo tu obra crece mientras saboreas los olores que emanan de la simple combinación de agua, harina y sal, preparar la mermelada para untarla apenas salga el pan del horno, comer tu creación y disfrutar de eso que cada mañana te despierta y que te pone una sonrisa antes de dormir.

Mi primer pan salió tan duro como piedra, aun así, nadie me quitó las ganas de untarle mermelada de naranja e intentar darle una mordida sin lastimarme los dientes.

El pan guarda magia, guarda vida y guarda historia. Es el invitado principal de estas letras, como lo es de todas las mesas.

Intercambiemos pan.

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